Los veintitantos contra el uno

Nos levantamos ayer con la noticia de que Ferguson se retira al final de la temporada y una vez más pudimos comprobar el efecto despedida: cuando alguien anuncia que se va o se muere todo el mundo le venera, aunque dos o tres horas antes estuviesen acordándose de medio árbol genealógico del personaje en cuestión en términos hecéticos -relativo a las heces, para los de la LOMCE que le discuten hasta en su familia a Wert-, como se ha hecho toda la vida de Dios en este maravilloso país que es España. Es algo que podemos comprobar también con el Pipa Higuaín, que ayer recibió una sonora pitada de los mismos que hace un año lloraban y se rasgaban las vestiduras por su posible marcha. Lástima que no se hubiese marchado el año pasado, pues habría sido un traspaso más rentable.

Volviendo a sir Alex, empezó a circular una imagen, una tabla de esas que parecen tener guardadas los estadistas para ocasiones como esta -no sea que alguien les pise el datazo- en la que se hacía una comparación del número de entrenadores que han pasado por los banquillos de los equipos punteros de Europa desde que el escocés se sentó en el del Manchester United allá por el 86. ¿Adivinan cuál es el equipo que más inquilinos ha tenido? Correcto, el que tiene también más Copas de Europa. Ante esa escandalosa estadística tocaba hacer una reflexión profunda sobre la idiosincrasia madridista para encontrar la raíz de este problema. Porque es un problema y de los gordos. @IFM_Soprano pudo situarla en la década de los ochenta, cuando la Quinta del Buitre. Es significativo que en esa década empezase el problema de jugadores míticos que adquiriesen más poder que los entrenadores porque es casi al mismo tiempo que los inicios, los difíciles inicios, de Ferguson en el Man Red, con cero títulos en cuatro años. ¿Se imaginan eso, no ya en el Madrid, sino en cualquier otro club español?

Como decía alguno ayer, es un auténtico milagro que, con esa sangría de entrenadores, se ganasen más Champions que el United -3 a 2-, lo cual quizás ha perjudicado al Madrid a medio-largo plazo metiendo en la cabeza de la gente que la grandeza del Madrid está por encima de cualquier entrenador. Hoy escribe @fantantonio en su blog acerca de la identificación Madrid-España, “una identificación ridícula”. Desgraciadamente, no tiene razón, porque el Madrid no es más que el reflejo de la sociedad española, aquella que Larra quiso cambiar, que quiso hacer progresar para sacarla de la miseria en la que se encontraba. Y, entre el fracaso de esa tarea y las desgracias amorosas, le costó la salud y la vida. ¡No quiero ni pensar que habría sido del pobre Mariano José si hubiese vivido en nuestros días y viese que sólo ha cambiado el envoltorio, pero en esencia seguimos igual! Y si hubiese sido madridista se vuelve a pegar un tiro después de asegurarse de que nadie sea capaz de traerlo de vuelta.

Cuando comento con algunos madridistas la poca continuidad que se le da a los proyectos, el desprecio con el que se trata al que intenta cambiar el club para bien, eliminando el sistema de castas y de vacas sagradas para introducir el sistema de la meritocracia, purgar de parásitos, modernizar, en definitiva, el club, siempre me salen con el mismo mantra:

-Es que aquí siempre se ha hecho eso.

Exacto, igual que en España. Eso siempre ha sido así y hemos tirado más o menos, hasta que el juguete se ha roto. Con el país ya ha pasado, y con el equipo está a un tris de ocurrir. Si la afición considera que Mourinho ha fracasado, una de dos: o no tiene memoria o está más perdida de lo que quiero creer. El inmovilismo a lo único que conlleva es a la “aristocratización” de los equipos: le pasó al Benfica, al Ajax, le está ocurriendo, si no ha terminado ya, al Milan y le ocurrirá al Madrid si se sigue en este plan.

-No digas tonterías, tú eres un crío de 22 años. Yo estoy con el Madrid desde mucho antes que llegasen todos estos y nunca ha caído.

Y eso es así, compadre. Si lo dice el AS o el Marca eso es así.

El Real Madrid

Tengo una ley no escrita que es bastante absurda para este blog: no hablar del Madrid. Y tengo esa ley porque, en un rincón de mi cabeza se entiende que si hablo de fútbol doy el coñazo, me acerco al periodismo deportivo que detesto o que podría gafar un partido importante si escribiese una previa o algo. Y es una cosa absurda porque, aunque me agrada que el blog tenga visitas -en realidad no es que me agrade, es que me parece primordial- no debería escribir para vosotros sino para . También es una memez pensar que escribiendo sobre mi equipo me acerque al periodismo deportivo, al que podríamos llamar futbolero y acertaríamos, porque yo, cuando escribo sobre fútbol no lo hago sobre el deporte en sí, sino sobre el Madrid, que es lo único que me importa de este juego, al fin y al cabo. Como bien señala Javi, yo no tengo ni puñetera idea de fútbol, ni me gusta. Acierta porque para el mí el deporte rey no es sino una excusa para que el Madrid pueda desarrollar su historia. Luego lo de gafar los partidos es una gilipollez que se cae por su propio peso, pero es que ahí también está el encanto del Madrid, en los rituales y las supersticiones. Por ejemplo: hasta la vuelta de las semifinales de Copa del Rey contra el Barcelona jamás me atreví a ver un partido grande en un lugar público, por el consiguiente paseo de la vergüenza en caso de derrota y por la convicción de que las grandes victorias las tenía que ver en mi sofá. Sin embargo, tras la paliza que le metió el Madrid al Barça sentí la imperiosa necesidad de ver los partidos importantes en bares. Así soy yo.

Ayer el Madrid jugaba uno de esos partidos importantes, quizás el más importante desde que yo tengo memoria futbolística -que es relativamente joven, como ya escribí en La Posada Concha Espina-, segunda entrega de un díptico que tuvo su espeluznante comienzo la semana pasada en Dortmund. Encuentro que vi en el bar fetiche, el de los “3-0″ (ay, resultado maldito) confiando en que el marcador reflejaría una nueva victoria blanca. Pero no. Lewandowsky cercenó la magia de ese bar de golpe y yo volví a la soledad de mi sofá para contemplar la remontada, con la esperanza intacta a pesar del devenir de los minutos, las ocasiones falladas y el larguerazo alemán. Sólo había en mi cabeza un runrún, un temor a quedarme con las ganas de ver un milagro. Los goles al principio encendieron en mí un sentimiento brutal, una alegría que pendía de un hilo. Porque algo en mi cabeza decía que no, que estábamos nadando para ahogarnos en la orilla. Y así fue. El 2-0 de ayer se une a la triste lista de remontadas interruptus, como el año pasado en la Copa del Rey o los penaltis contra Bayern. O aquel 4-0 con López Caro. Si mal no recuerdo, un gol es lo que hacía falta también cuando a Ramos le partieron la nariz en Alemania ante el Bayern -siempre el Bayern o, en su defecto, las tierras germanas- después de que Roberto Carlos regalase el gol más rápido de la Champions.

Así pues, el partido terminó y con él la participación del Madrid en la Champions 2013. El veto de Wembley. A mí, a pesar de la buena imagen lograda, de la redención de Ramos (el Ramos de ayer es el capitán que se esconde en su interior, pero que está oculto por motivos que a un servidor se le escapan) no sólo por su partidazo o las lágrimas posteriores, sino por el comportamiento que tuvo; a pesar del milagro de Diego López, esa parada sublime que hay que realizar en semifinales de Copa de Europa y no ante un rival de medio pelo como podría ser el Sevilla; a pesar de la grada, de cómo por fin me pude creer que el Bernabéu alguna vez fue un estadio que intimidase al rival, lo cierto es que estoy abatido, sin ganas. Melancólico. “Es sólo un juego”, “el Madrid no te da de comer”, “con la que está cayendo te pones así por un partido de fútbol”… Bendita ignorancia. A veces dan ganas de quitarse de en medio, de olvidar el fútbol y dedicar mi tiempo a algo más provechoso. Como era yo hace unos 10 años. Pero el Madrid es algo demasiado poderoso como para ignorarlo. Una vez que caes en sus garras te da igual el mareante carrusel de sensaciones que te ofrece, pues te hace sentirte como el ser más miserable del mundo para, de golpe, darte a probar las mieles de la victoria y la gloria. Y me es indiferente si el número de desgracias es superior al de momentos de alegría. El carro en el que estamos (¡el carro de Merc!) es uno de los viajes más emocionantes que puede experimentar un ser humano. Por eso sigo siendo del Madrid, lo he sido y lo seré, por todo lo que le rodea, lo que le hace grande. Ahora estamos de capa caída, hay fraticidios, discusiones, incertidumbres -Mourinho se tiene que quedar, no seáis idiotas- sé que volveremos. Quizás caigamos otra vez, pero mil veces más nos levantaremos. Merece la pena, la verdad. Aunque los no madridistas no lo entendáis. Aunque los no futboleros lo veáis ridículo.

Normalmente me gusta terminar, siempre que me sea posible, con alguna reflexión, un último párrafo que justifique a los anteriores como para no dejar al lector con la sensación de “a qué viene todo esto”. Pero en realidad, esta entrada tiene por objetivo servir de terapia para su autor. Últimamente estoy poniendo en práctica un ejercicio diario consistente en escribir lo primero que se me ocurra nada más levantarme -cosas de un cursillo de escritura; el ejercicio persigue adquirir hábitos regulares, perder el miedo al bloqueo, que es lo peor que le puede pasar a un escritor, y desarrollar automatismos- y me doy cuenta, al leer lo que me ha salido, de que es como si me sentase en un diván ante el doctor Word y le contase mis traumas. La verdad es que ayuda, tanto para el objetivo del cursillo como para mis “demonios interiores” (ojo, tampoco es que mi vida sea traumática, aunque eso sería fantástico para mis aspiraciones literarias). Y esta entrada de hoy es ese “escribir sin pensar” que debería haber hecho hoy. Ya hemos terminado la terapia por hoy. Buenas tardes.

La Feria del Pimiento (por Felipe Benigno)

Sevilla ha vivido la que es la segunda semana grande de la ciudad, siempre por detrás de la Semana Santa (autentica semana mayor de la ciudad) y tras el preceptivo lunes de resaca, toca hacer balance.

Lo primero que caracteriza a la Feria de este año, y varias de las anteriores, es la progresiva vuelta de una gran parte de los sevillanos al consumo de comidas y raciones un poco más mundanas como los pimientos fritos, en detrimento de las cigalas de tronco que en épocas de abundancia pretéritas surtían las mesas del más pintado, relegando a la citada hortaliza al ostracismo. De ahí que pueda conocerse a la de este año como “la feria del pimiento.” Pero para “pimiento”, en lo que se están convirtiendo las calles del Real.

La Feria es una de las tradiciones más arraigadas en la ciudad, y como toda tradición, tiene unos cánones y unas normas no escritas que debemos cumplir si queremos que siga siendo lo que fue, y que en el futuro siga manteniendo su esencia. Durante la feria fui desgranando algunas de las nociones básicas del saber estar en el Real a través de la red social del pajarito, hecho que tuvo una calurosa acogida y que me ha supuesto no pocas charlas durante la semana, así como la colaboración que está usted leyendo en el presente blog a sugerencia de su responsable, al que aquí vemos trabajando y buscando talentos de los que aprovecharse.

Así por ejemplo, a las flamencas de melena al viento y flor en el lado con trajes de combinaciones y colores que ni el propio Dalí habría sido capaz de delirar, se unen otras disfrazadas de Martirio y sus gafas de sol, o las que tienen complejo de Doraemon y usan su pechera como desván (de algunas llego a sospechar que su flor sea en realidad un gorrocoptero) cosa que en mi opinión, acaba con toda la feminidad que en sí supone un traje de flamenca.

Los “caballeros” no escapan mejor parados, y los hay desde los que acuden al Real en pantalón corto, hasta los que calzan botines con el traje de chaqueta: hay para todos los gustos. No digo que haya que ser un prócer de la elegancia, pero la feria, es una fiesta, y lo mínimo sería acudir a ella adecuadamente y no como quien va a comprar el pan. Lo tengo claro, mejor el cani de traje plateado recién robado a Felix Baumgartner y camisa morada pero que entiende que es el momento de arreglarse (a su manera), que el que acude de cualquier otra forma como si fuese un día cualquiera.

De las botellonas indiscriminadas en el mismo recinto ferial, que haciendo un símil loperístico “acolapsan toda la portada” y los alrededores de la feria, no creo que haga falta comentar nada. Prefiero no imaginar lo que nos cuesta recoger tanto desperdicio y tanto policía que vigile que no lleguen a las manos.

No quisiera parecer excesivamente quisquilloso, cada uno es libre de ir como quiera y de hacer lo que quiera, pero lo cierto es que si se decide participar de una fiesta que tiene sus formas y sus tradiciones, debería hacerse con todas las consecuencias. Si no se está dispuesto, mejor quedarse en casa, y no desvirtuar una imagen y un estilo adquirido con el paso de los años.

¡Leed, malditos!

Hoy es 23 de abril (¡gracias, Capitán Obvio!), el Día del Libro. Debido a esto el sábado no hubo recomendación literaria. Bueno, también porque se me fue un poco la mano con la fiesta estaba ocupado trabajando y, para qué mentir, quería dejar la entrada de las sevillanas para que la primera foto estuviese a la vista de todo aquel que se aventurase por primera vez. No me podéis negar que es una gran estrategia. Pero bueno, yo venía a hablar de libros. Ya sé que no es lo más original que se puede hacer para conmemorar este día. No creo que algún bloguero deje escapar la oportunidad de escribir su propia selección de libros. Con esta entrada no pretendo innovar, porque el fin de la misma es que digáis “¡leñe, pues voy a probar este libro!” o “me lo apunto, iré corriendo a la biblioteca/tienda de libros más cercana”. Habiendo cumplido eso, me doy por satisfecho. Y, por supuesto, no cuenta que digáis “de acuerdo, me lo descargarépiratearé para mi ebook/kindle“. ¡Que es el día del libro, caralho! 

En fin, no retraso más el momento. Aquí os dejo MI selección particular. Espero que alguno os llame siquiera la atención, que aunque el cabroncete de @ZMargrave piense lo contrario, mi gusto literario es medio qué.

Trilogía de la Oscuridad, Guillermo del Toro y Chuck Hogan

El director mexicano Guillermo del Toro no es un novato en temas vampíricos: Blade II, la mejor de la trilogía que adapta al cazavampiros de la Marvel es una buena prueba de ello. Viendo la filmografía del realizador nadie puede negar que este hombre tiene talento para contar historias que después gustarán más o menos, pero sabe cómo mantener al espectador entretenido, que ya es mucho. Cuando empecé a leer Nocturna, la primera parte de esta plaga vampírica, constaté al instante que esa habilidad no se limitaba al celuloide. La historia nos describe el enésimo contagio masivo de un misterioso virus parasitario que lleva a la humanidad al borde de la extinción cuando las víctimas de la infección regresan de sus tumbas sedientos de sangre, todos unidos en perfecta sincronía bajo el mando del Amo. Aunque el tema de muertos que se levantan y casi se cargan la humanidad es algo que ya ha dado demasiado de sí en estos tiempos, el ritmo cinematográfico del libro compensa esa falta de frescura. Además de la imagen del vampiro, alejada del arquetipo tradicional y más próxima a las criaturas a las que se enfrentaba Blade en la película ya mencionada.

MarinaCarlos Ruiz Zafón

Aunque últimamente esté de moda reírse del autor y que su condición de escritor de bestsellers le lastre un poco, antes de lanzarse a la novela para “adultos”, el señor don Carlos ya tenía cierto prestigio en la novela juvenil. En la Trilogía de la Niebla, por ejemplo, se encuentra el primer libro que leí por voluntad propia, con seis años o así, y que me tuvo varios días bastante acojonado: El Príncipe de la Niebla. Ahí empecé a hacerme fan de este hombre y a devorar todo cuanto de su pluma me llegaba. Gran satisfacción cuando terminaba los libros, pero poco más. Hasta que llegué a Marina. Soy un lector “lento”. Hay quien se compra una novela y se la termina en un abrir y cerrar de ojos, independientemente del número de páginas que tenga el libro, si es una lectura ágil o peñazo… Yo no puedo hacer eso, porque no entiendo la lectura como una carrera, sino como una actividad para evadirme del mundo, con la que hay que disfrutar y no tener prisas. No digo que no me enganche a un libro y esté horas y horas pegado, pero no le veo la gracia a la lectura exprés. Sin embargo, Marina fue una forzosa excepción. El día que lo empecé el Real Madrid había hecho el ridículo máximo ante el Liverpool, el día del chorreo. Estaba tan cabreado, tan asqueado, que necesitaba alejarme del mundo. Así que decidí empezar con el libro. Cuatro horas me duró. La melancolía, la fantasía, lo siniestro y las primeras pinceladas de esa Barcelona mágica que sirve de escenario en la trilogía del Viento me tuvieron toda la noche en tensión. Me enganchó tanto que, desde aquella primera lectura, han caído dos o tres más. Y en todas hay algo nuevo siempre, lo que quizás sea su mayor valor. Imperdible.

LondresJulio Camba

Si uno está estudiando Periodismo y no ha leído jamás algo de Camba, que se quite inmediatamente de la carrera y se dedique a algo más acorde a su insensatez. El artículo/columna hecho arte. Aunque el periodismo patrio esté de capa caída, no debemos olvidar que hemos tenido y tenemos articulistas de una calidad envidiable. Francisco Umbral solía decir que lo del nuevo periodismo proveniente de EEUU era algo incorrecto. Lo suyo sería llamarlo nuevo periodismo norteamericano, porque lo que los Capote, Wolfe y demás estaban haciendo en los años sesenta ya lo había cultivado Larra en el siglo XIX en nuestro país. El costumbrismo, la literatura en los textos periodísticos, la subjetividad (entendamos la objetividad anterior como la búsqueda obsesiva de un relato frío, de datos y descripción de hechos, no de la utópica neutralidad) han sido utilizados con gran calidad por nuestros periodistas, que no son pocos. Hablar de todos ellos daría para un artículo propio, así que sólo me centraré en este recopilatorio de artículos del periodista gallego.

La excelente pluma del señor Camba le llevó a ser corresponsal en medio mundo, y su estancia en cada ciudad quedaba para la posteridad en sus artículos y crónicas que más tarde acabarían en tomos distintos. Su vida en Londres, las costumbres de los ingleses, las odiosas comparaciones con el español, el humor afilado de cada palabra o la rabiosa actualidad de cada palabra (Londres se publicó en 1916, pero cualquiera diría que se publicó hace dos días) convierten este libro en una clase magistral de periodismo y literatura.

Memorias LíquidasEnric González

Y ya que estamos con lecciones magistrales de periodismo, me gustaría recomendar esta especie de biografía del genial periodista Enric González. A través de su vida se aprenden muchas cosas de este oficio: lo poco agradecido que es, la relación de amor/odio que provoca, el análisis de algunas de las causas más significativas de la crisis actual y cierta esperanza para el futuro. Aunque otra moraleja que se desprende le puede hacer daño al hígado. González nos habla de los primeros años en periódicos de poca monta, su progresiva ascensión, las experiencias como corresponsal de guerra -de las partes más interesantes del libro-, sus últimos años en El País y el presente (antes de llegar a El Mundo). Todo con un ritmo cercano, en un tono casi familiar y que roza lo melancólico en algunos pasajes.

Trilogía del DesalientoRaúl Cortés

La última recomendación vale por tres. El dramaturgo moronense Raúl Cortés publicó en un mismo tomo las tres obras desalentadoras que, como él mismo me dejó autografiado en el libro, buscan la esperanza sus historias. Contadoras de Garbanzos, ejemplifica muy bien ese anhelo para cambiar las cosas, aunque no esté escrito, aunque sea lo que esperan los demás de uno mismo. No Amanece en Génova es la más dura de las tres, donde la muerte y el desaliento se hacen cada vez más presentes. En No es la Lluvia, es el Viento la búsqueda de la belleza a través de la búsqueda de uno mismo.

Es interesante acercarse a la obra de Cortés y, sobre todo, a su propuesta teatral. El teatro del desaliento como respuesta a la situación actual del teatro. Si no me dejan los espacios, yo haré mi propio escenario en mi casa. La cosa le funcionó: por el salón de su piso en Málaga pasan miles de espectadores al año. Hoy, Día del Libro, presenta en su pueblo, Morón de la Frontera, su nuevo libro/obra Los Satisfechos.

Hasta aquí mi pequeña aportación al Día del Libro. El éxito no estará en que leáis alguna de mis recomendaciones -que si lo hacéis, pues mejor, ¿no?- sino en que encontréis en las páginas de los libros todo lo que esperáis de la vida, lo bueno y lo malo, conocimientos y entretenimiento, consuelo para el alma o agitar conciencias. Feliz Día.

Sevillanas

Aunque no lo parezca, soy andaluz. Sevillano, para más señas. Es necesaria esta aclaración para quien no me conozca, porque, salvo en Semana Santa soy un ejemplar bastante ajeno al resto de costumbres y tradiciones de mi tierra. Exceptuando las gastronómicas, ojo. En estos días se celebra en la capital andaluza la segunda semana más importante del calendario, la de la fiesta, la alegría, el color y la tradición. La Feria, con todo lo que ello implica: sevillanas, casetas, secciones especiales en los periódicos, corridas de toros, famoseo por el Real, etecé, etecé, etecé. Para la gran mayoría de sevillanos, la Feria es algo casi tan sagrado como la mismísima Madrugá, y como tal se la toman. Con sus rituales propios, bañados en ese espíritu festivo que tanto contrasta con el recogimiento de la Semana Santa, pero con la misma solemnidad y seriedad. Y no sólo los sevillanos de Sevilla: también los habitantes de los alrededores se desplazan hacia la capital con el mismo fervor, especialmente los estudiantes, aprovechando que tienen un techo que no coarte la diversión. Y es que debe ser frustrante querer pasar un buen rato mientras tienes que estar pendiente de no perder el autobús que te lleve a tu pueblo.

Para mí no es así. Yo también espero con ansia la llegada de la Feria, pero por la semana de vacaciones que implica. No es que no me guste pasarlo bien. La explicación es que dos semanas antes lo doy todo, siempre que el tiempo lo permita, con las cofradías, ya sea realizando estación de penitencia o de espectador y acabo más cansado que en una semana normal. Así que, teniendo en cuenta que con mi Feria –que tampoco es algo que me apasione- ya tengo bastante, la de la capital me sirve para descansar. Pero, a diferencia de otros que desprecian las fiestas que no le van (por ejemplo, el pique infantil que hay entre carnavaleros y cofrades en Morón de la Frontera), celebro la gran cobertura que se le da a la Feria de Sevilla, por un motivo en especial: el maravilloso desfile de belleza ambulante que supone la aglomeración de muchachas en traje de gitana. Cada vestido es una pieza de arte distinto, cada estilo, cada estampado, el colorido, la sencillez o la ostentosidad. Pocas prendas resaltan más la belleza física de una mujer que estos trajes, pues sin apenas enseñar nada más allá de cierto escote o espalda -dependiendo del traje- la insinuación de la figura femenina se acentúa con mucha efectividad, especialmente en movimiento. Dicho de otra forma: el movimiento sensual de las caderas se eleva a su máximo esplendor en una mujer vestida de flamenca. Si los andares son dignos de elogio, el momento de los bailes es una cosa que merece que alguien con menos torpeza literaria que yo redacte canciones y poemas que tampoco estarán a la altura, pero que darían el pego. Si la Feria tiene algún sentido en esta vida, para mí es esto.

_.ANDALUCIA