Entrevista a don Eduardo Martín Clemens (I)
Recientemente para un trabajo de la FCOM tuve que realizar una entrevista. El elegido fue mi tío, el Delegado Episcopal de Misiones en Sevilla y párroco de la iglesia de Santa Cruz, entre otros muchísimos cargos. Fundador de la ONG Fraternitas Sine Finibus, con la que lleva el Hogar Óscar Romero, para niños de la calle en Perú. Con él estuve charlando sobre las misiones, la vida parroquial, la Universidad y su relación con la Iglesia y la juventud. Una entrevista tan amplia, pues el entrevistado da unas respuestas jugosamente profundas, que tuve que recortar mucho, muchísimo, para poder ajustarme al trabajo. Hoy os dejo aquí la primera parte de esta entrevista, en la que encontraréis mucho, aunque no busquéis.
Pregunta. ¿Qué experiencias ha vivido desde que es Delegado Episcopal de Misiones y párroco de Santa Cruz?
Respuesta. Pues conjuntar dos realidades eclesiales que están muy en el mundo: la universalidad de la Iglesia a nivel de todo el campo de desarrollo y producción humana que la Iglesia desarrolla y de evangelización directa. Tenemos 300 misioneros repartidos por los cinco continentes, por lo que estar en contacto permanente con ellos te da una visión muy rica y comprometida que provoca lo que es estar en los sitios de riesgo sabiendo que tu vida puede correr peligro. Pero también tiene una gratificación muy grande, porque ninguno de ellos en momentos de dificultades quiere abandonar su lugar de misión, aunque se le recomiende. Y en cuanto a la otra realidad, la parroquia, la iglesia local, que en una territorialidad concreta, vive desde la evangelización de los sacramentos hasta el anuncio del Evangelio, pasando por las catequesis, el compromiso social, con los Narcóticos Anónimos (grupo que se reúne en una de las dependencias de la parroquia Santa Cruz), Cáritas y todo lo que conlleva una comunidad parroquial. Esas dos cosas se complementan de tal manera que te hacen vivir el ministerio a tope y no tienes tiempo para pensar en aburrirte o programar fuera de lo que la vida cada día te está presentando.
P. ¿Pudo influir tu experiencia en Perú con las misiones para que fuese nombrado Delegado de Misiones?
R. No tiene nada que ver: el Hogar Óscar Romero es una fundación para niños de la calle, con su responsable aquí en Sevilla, que es María Fernanda, y otra responsable de Perú, que es Aurora, y lo peculiar de esa fundación es el mestizaje, pues no se toman las decisiones aquí para que no se vea como una nueva colonización ni se deja al abandono allí, sino que se toman las decisiones en un consenso, al cincuenta por ciento, por lo que no tiene nada que ver con la Delegación de Misiones. Es una fundación particular que, en este caso, coincide con que estoy en ella, pero no afecta para nada a la Delegación aunque los que vayan allí también sean misioneros, porque trabajan al servicio de la Iglesia. Es una fundación, no solamente confesional, de inspiración cristiana, sino que está basada en las Bienaventuranzas y en el estilo de Monseñor Óscar Romero, que murió mártir por la justicia, y en la forma de trabajar de Madre Teresa de Calcuta, hoy beata de la Iglesia.
P. Háblenos del Hogar.
R. Pues tú mismo lo has dicho: como en un hogar. No hay colegio en el interior, ni servicio médicos. Son niños en situación de abandono que corrían riesgo, que vienen traídos de la calle a través del juez de familias, etc. Es la vida de una casa normal: van al colegio, que está cerca del mismo Hogar y cuando enferman los visita un médico que tiene el Hogar o van al ambulatorio más cercano, en la ciudad de Trujillo, pero es la vida de una casa, en definitiva. Tienen cuidadoras, “madres sustitutas” que les tratan con mucho cariño. Es curioso cómo los niños que entran después de pasar días enteros en contenedores, casi moribundos, cuyos cuerpos están hechos una pura llaga, son restaurados por el cariño que reciben, aunque los médicos y la alimentación son una ayuda importante, pero el cariño les devuelve la dignidad. Un día normal en el hogar es levantarte por la mañana, ducharte, desayunar, ir al colegio, volver, hacer tus tareas, jugar… las cosas que podrían hacer en una familia normal cuando son muchos hermanos con los que tienen que compartir.
P. Antes de volver a Sevilla estuvo en Huelva, en la Universidad. ¿Echa de menos el ambiente universitario?
R. No lo echo de menos porque prácticamente no lo he dejado. Aunque aquí no tenga un cargo oficial en la Universidad, yo sigo en contacto con el mundo universitario a través del grupo-debate universitario Santa Cruz, una especie de “patio de los gentiles”, como la Iglesia quiere ahora. Casi todos son profesores o alumnos universitarios. Allí en Huelva yo fui en comisión de servicios. El Obispo de Huelva le pidió al Arzobispo de Sevilla que me dejara un tiempo para poner en marcha lo que era el departamento “Fe-Cultura”, el Servicio de Asistencia Religiosa, porque Huelva no tenía entonces Universidad y dependía de Sevilla y Granada. Cuando allí se crea la Universidad, entonces presto este servicio, y una vez consolidado, el Arzobispo de Sevilla me reclama y es cuando vuelvo a mi diócesis de origen. Tengo mucha relación, sin embargo, con ellos, y más hoy con la globalización, aparte de que tanto Huelva y Sevilla como Jerez son tres diócesis que se tienen que entender, porque tienen una problemática similar. Muchos sevillanos se van a la Universidad de Huelva y, al contrario, en la Universidad de Sevilla existen muchos onubenses universitarios.
P. ¿Qué papel tiene la Iglesia en la Universidad?
R. Si vamos a la Historia, la Universidad nace en el seno de la Iglesia, que ha sido siempre portadora de Cultura. Cierto es que lo ha hecho entre luces y sombras; hoy se cuestiona mucho la situación, se habla muchas veces desde los tópicos, pero la Cultura, desde los grandes monasterios hasta las pequeñas parroquias rurales que han conservado los archivos, desde el cura de un pueblo pequeñito, que daba clases particulares a los alumnos, enseñándolos a mecanografiar, leer, escribir, etc., la Iglesia siempre ha sido un foco de luz en medio de la Cultura, de tal manera que ambas no se pueden ignorar, sino que se entrelazan y se tienen que dar la mano, mucho más en los últimos tiempos, cuando el Papa Juan Pablo II insistía en que la fe no se impone, sino que se oferta: si la Universidad ignorara lo que es la dimensión creyente del ser humano, del alumno, de cualquier credo, es como si lo mutilara. La Iglesia, hoy, no vive su mejor momento en el marco universitario y ello responde a una falta de compromiso y testimonio por parte de la Iglesia, que tiene que analizarse a sí misma y ver qué es lo que no ha hecho bien o qué le ha faltado para que no esté tan bien vista en estos ambientes. Pero, por otro lado, la sociedad no secular (y no digo que lo secular sea malo, pues es muy bueno) excesivamente laizante que quiere ignorar a Dios para constituirse o constituir la ciencia, para desplazar a Dios, lo que parte de la Escuela de la Sospecha: Nietzsche, Marx, etc., que ahora, aquí, con un poco de retraso, está teniendo su momento más efervescente. Yo pienso que la Universidad no tiene por qué ser confesional, no tenemos que volver a los tiempos del nacional-catolicismo, que no beneficia a la Iglesia, pero, por otra parte, la evangelización explícita debe tener su lugar dentro del mundo de la Universidad: cuando entras en contacto con los universitarios, todos están en una búsqueda permanente de algo que trasciende lo púramente empírico. Muchas veces los profesores proyectan más sus frustraciones que la objetividad del servicio de la fe a la cultura actual.
P. Hablemos de la JMJ. ¿Podríamos considerarlo un espejo más fiel de la juventud con respecto a la Iglesia o es más bien cosa de un día?
R. La JMJ supuso un antes y un después en lo que es la pastoral entre jóvenes y el conocimiento del joven a la Iglesia, pero no podemos olvidar que fue un evento extraordinario y que la fe no nos la jugamos en eventos extraordinarios, aunque ayuden: la fe nos la jugamos en la vida ordinaria. Un joven se juega la fe cuando, diariamente, vive su compromiso cristiano, su compromiso apostólico, su dimensión de piedad, su dimensión emocional y demás. Ahora, la JMJ demostró que hay un gran desconocimiento de lo que es la Iglesia en sí misma. Hay que ver que entre jerarquías eclesiástica, como las catequesis que impartieron los obispos en Madrid, y lo que demandan los jóvenes, la Iglesia se ha sentido interpelada y se ha dado cuenta que la jerarquía, y cuando digo jerarquía hablo desde el párroco hasta el papa, tiene que estar mucho más cerca de la juventud y mucho más a la intemperie de la vida. Fue un gran éxito que los jóvenes han reconocido. Pero ellos también deben limpiarse de prejuicios y acercarse a la Iglesia tal y como la Iglesia es. Esto es lo que se provoca cuando hay un encuentro con Jesucristo (aunque es cierto que Cristo es más grande que la Iglesia y ésta que la propia Iglesia) en los sacramentos, que nos encontramos en comunidad. Yo pienso que, en este sentido, la JMJ nos ha sacudido a todos de tal manera que a veces sentimos impotencia: ¿cómo poner en la práctica, no sólo el mensaje, sino la experiencia que los jóvenes vivieron?
P. ¿La imagen “inmovilista” que se tiene de la Iglesia es culpa de una posible dejadez de la Iglesia para con su imagen, se debe a los medios que puedan destacar más lo negativo, etc.?
R. Sería injusto decir que la Iglesia es inmovilista. Es verdad que puede haber gente que tenga añoranza a tiempos pasados, como por ejemplo los del post-concilio, cuando aquellos ventanales se abrieron de par en par y algunos cogieron un constipado del que aún no se han recuperado. En los problemas de la humanidad, quien da las respuestas más efectivas es la Iglesia. Lo puedes ver así: Cáritas es Iglesia, Manos Unidas es Iglesia, los comedores sociales, etc. Quien diga que la Iglesia es inmovilista y eso le hace desvincularse de ella, pues pienso que no es del todo justo. Sí es verdad que la Iglesia tiene que correr más riesgos, tiene que ser más atrevida, sobre todo en el medio de los jóvenes, no para adaptarse a éstos. La Iglesia y el joven tienen que adaptarse al Evangelio y no al revés, pero la Iglesia sí tiene que ir aprendiendo el lenguaje de los jóvenes para, desde su lenguaje, hablarles y que ellos entiendan el mensaje de Jesús. Yo pienso que la juventud es también muy vaga, a pesar de que tienen grandísimos valores: se comprometen de momento, pero a las primeras dificultades dan marcha atrás. Tienen muchas cosas positivas, pero como negativo tienen falta de compromiso; el joven se lo encuentra todo regalado, acomodado. Donde está la crisis de fondo es en la familia: antes tú aprendías a rezar en la familia, tus padres te enseñaban a rezar. Ahora, si tienes suerte, son tus abuelos, porque, a su vez, tus padres no han sido enseñados, por lo que hay una laguna. Antes tú llegabas a la familia y, además de compartir la vida diaria se compartían los cultos y lo vivido en la parroquia. Ahora, cada uno tiene su ordenador y están por la noche totalmente incomunicados, o es a nuestra señora de la televisión a la que le da culto la familia entera y no hay diálogo. Todo eso influye en la vida del joven con relación a lo que debe recibir de la propia familia en el campo de la fe.
P. Vocaciones: ¿hay crisis? ¿Qué podría motivarla y qué podría solucionarla?
R. Esto es complicadísimo, muy complejo. Podemos ver las causas de la crisis y enumerarlas: antes una familia tenía 5 o 6 hijos y era relativamente normal que uno de ellos fuese religioso. Ahora, como mucho tienen 2 y hay una falta de miembros de familia que se lo puedan plantear. Por otra parte, el prestigio social que tenía el sacerdote no lo tiene hoy. Sin embargo, la crisis de vocaciones es más de la ausencia de Dios en la vida cotidiana, crisis de fe, que degenera en crisis vocacional, porque no solamente hay crisis de vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal, sino también a la vocación en general. Si haces un sondeo sociológico en la Universidad y la mayoría de los que estudian Derecho van por presión familiar o porque es una carrera en la que estudias mucho, pero puedes no asistir a clase. Hay muy pocos vocacionados. La crisis vocacional es en general. Esta crisis puede purificar a la Iglesia, puede ser una removida fuerte para que el laicado ocupe el lugar que le corresponde en la Iglesia, no por ausencia de sacerdotes, sino por el bautismo. Cuando se descubra el valor que tiene el bautismo vendrá el valor de la vida sacerdotal y la vida consagrada. Yo en esto, sin perder de vista la crisis que tenemos, creo que, como dice San Pablo, todo lo que nos ocurre es para nuestro bien. Esto nos sacude, nos interpela a todos. Ver por qué el joven, cuando entra en una casa religiosa no se siente sacudido e interpelado; por qué el joven cuando ve a su párroco no quiere ser párroco, y eso que la mayoría de los jóvenes que han entrado este año en el seminario de Sevilla ha sido por querer ser como su párroco, por referencia del párroco. Falta una labor testimonial de aquellos que han consagrado su vida al sacerdocio o la vida religiosa. Pero esto es mucho más amplio como para resolverlo en una pregunta. Además, la crisis se da aquí y no en otros países de Latinoamérica o África, la misma India, etc. Ahí está el ejemplo de congregaciones como los jesuitas, que aquí están casi a cero de vocaciones, o congregaciones salesianas que han tenido que reducir sus noviciados en España, que han pasado de 4 a 1 y con muy pocos novicios. Sin embargo, en estos países donde la Iglesia vive perseguida o con dificultades es donde aflora. Esto es tan antiguo como san Ignacio de Etioquía, cuando ya se hablaba de que de la semilla de los mártires nacen los cristianos: allí donde la Iglesia es más radical en el Evangelio, da más testimonio de fe y es más perseguida no hay carencia de vocaciones. Donde la Iglesia se acomoda, se estabiliza, se profesionaliza, uno se pregunta para qué ser cura.
P. Suyo es un libro sobre el padre Arrupe, “Testigo creíble de la justicia”, del que dice que “en un mundo radicalmente injusto, no se queda estancado: va más allá de las ideologías, sólo le mueve la fe”. ¿Cuántos padres Arrupes serían necesarios hoy?
R. Hacía falta el que vino en aquel tiempo del post-concilio. En la visita que hizo el general de los jesuitas en España, se le ha comentado que hay bastante demanda de gente que pide la beatificación del padre Arrupe. Eso es muy complejo, porque todavía viven muchas personas que presenciaron aquellos conflictos, igual que hay gente hoy día que vive con los conflictos, como monseñor Óscar Romero en El Salvador, lo que hace más complejo una beatificación de este tipo. En cada momento, el Señor, que nunca abandona a su Iglesia, va suscitando hombres que van dando respuestas a los grandes interrogantes. El padre Arrupe lo que hace es no ideologizar la fe (algunos le malentendieron), pero iba más allá de todas las ideologías políticas por la causa de la fe. Tú coges cualquier encíclica social, desde Pío IX hasta León XIII, Juan Pablo II… y te metes a fondo y es mucho más avanzada y progresista que todos los manifiestos, incluso del partido comunista y de todas las ideologías de izquierdas. La única diferencia es que esto es por causa de la fe y porque el seguimiento a Cristo implica un compromiso radicalmente social a favor de los pobres y lo otro está ideologizado y con unos intereses creados. Ahí tenemos el terreno de los mártires, que cuando avanzan en esto por lo que Arrupe tanto apostaba mueren, por consecuencia de su fe y tenemos, por otro lado, el campo de la ideologización, desde la antigua Yugoslavia, el Telón de Acero, hasta la antigua Unión Soviética, donde, aparte de la corrupción, se enriquecieron a costa de la ideología y de los pobres que hoy están más empobrecidos que nunca. Si quieres, puedes mirar Cuba, Nicaragua o Venezuela, por citar ejemplos actuales.
Continuará.
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