Una cuña, por los viejos tiempos

Hoy es 31 de enero (gracias, capitán obvio). Final del primer mes del año. Martes. Para mucha gente es un día normal. Para otros, sin embargo, es un día muy especial: el día de las cuñas. Los segundos sabrán por qué lo digo. Para los primeros, os saco de dudas. Hoy es el día de San Juan Bosco, aquel sacerdote turinés que fundó la congregación de los salesianos, especializados en los niños de la calle y su educación y su formación religiosa para las que fundaron miles de escuelas y hogares a lo largo y ancho de este mundo. Yo tuve la suerte de pertenecer a uno de esos colegios, el de Morón de la Frontera. Y allí, cada 31 de enero, después de la misa en honor a nuestro fundador, se repartían las deliciosas y maravillosas cuñas (ignoro si es una tradición común a todas las casas salesianas o sólo pasa en Morón).

Yo me zampaba tres o cuatro de estas

Hoy, en el punto álgido de los exámenes de la universidad, me he permitido el lujo de bajar a por un par de cuñas (ya no soy un chavalín, tengo que cuidar la línea), con la excusa de despejarme del estudio. Al primer bocado me transporté inmediatamente a esos días que tanto me gustaban, principalmente porque eran una fiesta continua sin clases que la estorbasen, con juegos, competiciones deportivas, gymkanas temáticas, concursos tipo saber y ganar, donde se enfrentaban a los más listos de las dos clases de sexto de primaria, A y B. Recuerdo que el grupo de mi clase, la A, en el que no podía faltar yo, perdió contra la B, en un atraco sin precedentes, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que el juez era el tutor de 6ºB, una suerte de villarato a nivel salesiano.

Sin embargo, lo que se llevaba la palma era el concurso de playbacks. Hoy día están muy desvirtuados, pues los niños están más pendientes de coreografías paródicas (supongo que involutariamente) de famas y programas de baile de esos, donde poder restregarse con las zagalitas que de la verdadera esencia del playback: la caracterización. Hoy se ponen cualquier trapo y empiezan a bailar canciones de reggaetonto, de Pitbull feat. su vieja y cosas por el estilo. Antes tenía más gracia: era una competición, al estilo Tu Cara Me Suena, pues los participantes tenían que elegir un artista e imitarlo. Yo participé varias veces, ganando en dos ocasiones: con cuatro años mi imitación de Alejandro Sanz provocaba los gritos alocados de las muchachas de 4º de ESO, unas mujeres jóvenes desde mi perspectiva de crío, y otra como José Luis Perales y su América.

Podría seguir con miles de anécdotas, muchas divertidas, las no protagonizadas por servidor y otras humillantes, que sí me tienen como protagonista, como mis participaciones en carreras terminando último con mucha distancia del más gordito de la clase o el cante en un karaoke, algo así como la condena de la sonoridad para muchos actores de cine mudo. Camilo Sesto no me volvió a sonar igual desde que destrocé Melina delante de todo el colegio. Pero estaríamos aquí horas y horas y horas, me dejaría muchos recuerdos de por medio, acabaría redundando en mis frases, cosa que me recuerda mi padre cada vez que tiene la oportunidad (pero es el lector más fiel, así que no me quejo y tomo nota siempre que puedo y me acuerdo), y todo para destacar una cosa: que gracias a Don Bosco, además de ser un (o intentarlo) buen cristiano y un honrado ciudadano, tengo un pasado maravilloso que recordar, grandes amigos y fructíferas experiencias que han hecho de mí lo que soy. Así pues, brindo con una cuña, por los viejos tiempos y por Juanito Bosco.

Padre, Maestro y Amigo