Me pasa una cosa con Francia: la detesto. No soy el único, está claro. Y es que ellos se lo han buscado, supongo. Odio el idioma, aunque digan la falacia de que es el idioma del amor (yo siempre creí al italiano merecedor de ese título). Odio la pose que de “enteraos” que tienen, como de mirarte por encima del hombro. Odio a David Guetta. Odio que me digan que por tener frenillo se me tiene que dar el francés (seguimos hablando del idioma) de fruta madre. Odio los quesos, especialmente el roquefort. Odio a Renaudot. Y odio su carcajeo gutural.
Puede que me deje cosas en el tintero, pero el objetivo de este post no es hacer gala de mi xenofobismo a lo francés, sino todo lo contrario. Porque, al igual que dicen que Sevilla es preciosa sin los sevillanos, Francia tiene mil cosas maravillosas: París es una ciudad maravillosa (ahí puede que lleven razón con el romanticismo), la repostería y bollería francesa me han dado tardes y mañanas de gloria (dame un croissant, un crêpe o una baguette y llévate todo lo demás), nos han dado futbolistas maravillosos (salvo Anelka), ni más ni menos que Zinedine Zidane o Karim Benzema, por nombrar a los más elegantes que haya visto. Pero, sobre todo, tienen a Marion Cotillard.

Me derrito
Aunque sólo hay una mujer que tenga ganado por entero mi corazón, no puedo evitar llenar mi vida de amores platónicos, de una variedad y riqueza de lo más variopinta: lo mismo me enamora una cantante cualquiera como Pixie Lott (de quien me escuché su primer disco, y varias veces), una sonrisa de Hathaway, la voz y la sonrisa (y los ojos, y el pelo… todo) de Duffy, ese noséqué que tiene Christina Hendricks (no hagamos el chiste fácil, adoro a las pelirrojas)… Podría continuar con muchas más, pero hoy sólo me quiero centrar en una actriz que entra en mi lista de amores imposibles por su enigmática belleza. Una belleza de esas con las que tienes que detenerte y girar la cabeza, porque, al verlas por la calle, tienes esa sensación de pensar “un momento…”, porque es una belleza que no te choca de manera despampanante, a quemarropa, con fuegos artificiales, sino con la sutil llamada de una mirada fugaz que apunta directa al alma (el corazón sería una herida demasiado superficial), una belleza que hace de un alzamiento de ceja el llamamiento a la pasión más desbordante. Y qué decir de su sonrisa…

Estoy hablando de Marion Cotillard, la actriz francesa que ganó el Óscar por su interpretación de Édith Piaf y que parece haberse convertido un poco en la musa de Christopher Nolan (en Origen y en The Dark Knighr Rises). Es la chica que enamoró a Owen Wilson en Midnight in Paris, donde encaja perfectamente en el ambiente romántico del París de los años 20, con ese aire de no haber roto un plato en su vida y esperar algo más de la vida. Yo la descubrí, sin embargo, en su papel de la embarazada nuera del protagonista de Big Fish. Y, como en los mejores amores, el flechazo fue instantáneo. En ella todo es perfecto, hasta el francés me parece romántico cuando sale de su boca (sigo con el idioma). Así pues, Francia, merci beaucoup. Por esto te odio un poco menos.