Ayer fue el apocalipsis. Los usuarios de Blackberries sufrimos la mayor de las crisis que pueden sufrir los usuarios de Blackberries (en adelante BB): nos quedamos sin el BB Messenger, sin Internet en general. El caos total. La locura se adueñó de los desdichados que no podíamos hablar con nuestros amigos de las típicas banalidades de las que hablamos por BB. Algunos empezaban poco a poco a sufrir las consecuencias del mono no satisfecho de comunicación compulsiva y empezaron a sufrir espasmos, sudores fríos, temblores… se subían por las paredes. En mi caso fue particularmente insufrible, aunque en cierto modo lo agradezco, pero no adelantemos acontecimientos.
Digo que era insufrible porque actualmente ni tengo internet, ni PS3 (ni 2, ni nada), pocas películas, pero vistas todas, (lo mismo con los libros) y una tele insufrible que, después de dar 3 veces la vuelta a los canales me ofrecía lo mismo que una bolsa de plástico al aire. Bueno, no: una bolsa de plástico al aire es más divertida y entretenida. Mi única ventana al mundo (osease, a Twitter) era la BB, hasta que llegase a la facultad. Pero me lo quitaron… Así que, después de mis dos horas de prácticas con el coche, mi hermano en la facultad y algunas compras en el Mercadona me encontraba con el desolador panorama del aburrimiento absoluto. Así pues, ¿qué hacer en estos momentos? La respuesta es simple: comportarme como una persona normal. Mi piso quedó como los chorros del Oro, mis apuntes se leían con más facilidad y, lo más importante, he parido estos tres posts con los que saturo de golpe el blog.
Ignoro el fallo que tuvo ayer a toda la población blackberrística al borde del suicidio colectivo, ni cuándo se solucionó finalmente. Pero lo que tengo claro es que, a pesar de que yo creía que nunca me convertiría en un zombie como la mayoría, que sería la excepción que confirma la regla, el apagón me demostró que tengo blackberrydependencia, pero también me demostró que puedo dejarlo cuando quiera. Y como soy una persona altruista, que mira por el bien de los demás, os diré cómo sobrevivir al yugo y la esclavitud del pequeño aparato. Lo único que tenéis que hacer es… un momento que me ha sonado el móvil.