Momentos épicos de la historia del cine contemporáneo (V)

Ayer, en uno de los grandes atractivos de la SuperBowl, los anuncios, pudimos ver el nuevo tráiler de los Vengadores, del que destaca la aparición más larga del nuevo Hulk, interpretado por Mark Ruffalo, toda vez que Edward Norton rechazó seguir con el personaje. Y yo me he acordado del otro Hulk, el de Ang Lee, una película bastante extraña en lo que se refiere a las películas de superhéroes debido a su complejidad y a la “falta de escenas de acción”. Pero se compensaba con una gran historia, magníficos personajes que eran interpretados por soberbios actores, en especial Eric Bana como Bruce Banner, para mí (y hasta que vea a Ruffalo) el mejor Banner hasta la fecha. Por eso hoy os dejo con la primera transformación en gran pantalla de la película de 2003. Que la disfrutéis.

Este eres tú cuando un autobús de TUSSAM te ignora y pasa de largo

Merci beaucoup

Me pasa una cosa con Francia: la detesto. No soy el único, está claro. Y es que ellos se lo han buscado, supongo. Odio el idioma, aunque digan la falacia de que es el idioma del amor (yo siempre creí al italiano merecedor de ese título). Odio la pose que de “enteraos” que tienen, como de mirarte por encima del hombro. Odio a David Guetta. Odio que me digan que por tener frenillo se me tiene que dar el francés (seguimos hablando del idioma) de fruta madre. Odio los quesos, especialmente el roquefort. Odio a Renaudot. Y odio su carcajeo gutural.

Puede que me deje cosas en el tintero, pero el objetivo de este post no es hacer gala de mi xenofobismo a lo francés, sino todo lo contrario. Porque, al igual que dicen que Sevilla es preciosa sin los sevillanos, Francia tiene mil cosas maravillosas: París es una ciudad maravillosa (ahí puede que lleven razón con el romanticismo), la repostería y bollería francesa me han dado tardes y mañanas de gloria (dame un croissant, un crêpe o una baguette y llévate todo lo demás), nos han dado futbolistas maravillosos (salvo Anelka), ni más ni menos que Zinedine Zidane o Karim Benzema, por nombrar a los más elegantes que haya visto. Pero, sobre todo, tienen a Marion Cotillard.

Me derrito

Aunque sólo hay una mujer que tenga ganado por entero mi corazón, no puedo evitar llenar mi vida de amores platónicos, de una variedad y riqueza de lo más variopinta: lo mismo me enamora una cantante cualquiera como Pixie Lott (de quien me escuché su primer disco, y varias veces), una sonrisa de Hathaway, la voz y la sonrisa (y los ojos, y el pelo… todo) de Duffy, ese noséqué que tiene Christina Hendricks (no hagamos el chiste fácil, adoro a las pelirrojas)… Podría continuar con muchas más, pero hoy sólo me quiero centrar en una actriz que entra en mi lista de amores imposibles por su enigmática belleza. Una belleza de esas con las que tienes que detenerte y girar la cabeza, porque, al verlas por la calle, tienes esa sensación de pensar “un momento…”, porque es una belleza que no te choca de manera despampanante, a quemarropa, con fuegos artificiales, sino con la sutil llamada de una mirada fugaz que apunta directa al alma (el corazón sería una herida demasiado superficial), una belleza que hace de un alzamiento de ceja el llamamiento a la pasión más desbordante. Y qué decir de su sonrisa…

Estoy hablando de Marion Cotillard, la actriz francesa que ganó el Óscar por su interpretación de Édith Piaf y que parece haberse convertido un poco en la musa de Christopher Nolan (en Origen y en The Dark Knighr Rises). Es la chica que enamoró a Owen Wilson en Midnight in Paris, donde encaja perfectamente en el ambiente romántico del París de los años 20, con ese aire de no haber roto un plato en su vida y esperar algo más de la vida. Yo la descubrí, sin embargo, en su papel de la embarazada nuera del protagonista de Big Fish. Y, como en los mejores amores, el flechazo fue instantáneo. En ella todo es perfecto, hasta el francés me parece romántico cuando sale de su boca (sigo con el idioma). Así pues, Francia, merci beaucoup. Por esto te odio un poco menos.

La comedia sí que está con el culo al aire

Ayer llegué a casa después de un día pesado en la facultad, de estos que incluyen examen y horas terminando un trabajo (un reportaje muy cuco sobre la cuesta de enero), exhausto, sin haber comido nada al mediodía y con poco o nada de pasta. Cuando llegué, me eché una cabezadita, me levanté, me duché, cené, me puse a ver la tele, me enfundé el pijama, me metí en la cama y me quedé dormido. ¿Es gracioso? No, ¿verdad? Pues así es, en mi opinión, la serie que estrenaba ayer Antena3, “Con El Culo Al Aire”.

¿Por qué pasan estas cosas en España? ¿Quién lo permite? Justo después de que terminase el primer capítulo de esto, emitieron un par de episodios de “Modern Family”, haciendo inevitable la comparación. Puedo llegar a entender que en España no se puedan realizar series del nivel de “Juego de Tronos”, “Walking Dead”, “Sherlock” o series de enormes presupuestos como con las que nos hacen gozar desde HBO, AMC, BBC, etc. Pero, por favor, que algún productor me diga que series como “How I Met Your Mother”, la ya citada “Modern Family”, “The Office”, por poner ejemplos de series relativamente nuevas, requieran grandes inversiones.

Porque estoy seguro de que el presupuesto de “Con el Culo…” es bastante mayor en sueldos de actores (entre los que se encuentran Paco Tous, la hermanísima de Paco León, María, Raúl Arévalo, etc. Vamos, que no son unos petardos ni unos novatos) que el de “HIMYM” cuando la serie empezó. Seguro. Lamentablemente esto es nuevo, porque España no es un país que haya dado comedias malas: ahí tenemos el recuerdo de “Siete Vidas”, de “Aquí No Hay Quien Viva”, de “La Que Se Avecina”, por citar a las más famosas.

Pero vamos a la serie en sí. La premisa no es demasiado original, aludiendo a los males de nuestro tiempo: crisis, hipotecas, políticos corruptos, el mal de amores, etc. Pero se acepta como animal de compañía. Un grupo de personas, después de verse machacadas por esos distintos pesares deciden empezar de nuevo en un camping de verano, de estos con bungalows, piscina y zona de barbacoas. Hay de todo: desde un prototipo de familia newage tipo “Los Serrano”, con padre soltero y 2 críos que se junta con madre soltera y cría adolescente y complicada, matrimonio de pijos venidos a menos, matrimonio de viejos que intentan buscarle parienta a su hijo (que probablemente no salga en toda la serie), una pareja de solteros, otra familia desestructurada con madre borrachuza, hija que se tiene que encargar de todo mientras un guiri (UN GUIRI) le quiere meter cuello y un hijo adolescente.

¿Dónde está el conflicto? Pues, como toda serie de vecinos que se precie, con la llegada del nuevo, en este caso, la nueva: una doctora divorciada que lo ha perdido todo y, con sus dos niñas, acaba en el camping al conocer de su existencia en un artículo de periódico. La nueva llega comiéndose el mundo, queriendo vivir de balde por su profesión y con pinta de ocultar algo. Así empieza el primer capítulo de esta serie, que se desarrolla a la spanish way: con tópicos, topicazos everywhere, estructurados en varias subtramas y una trama principal: Paco Tous intentando ganarse el cariño de la hijastra (una pija redomada bastante cargante), uno de los solteros tratando de que el otro le meta cuello a la nueva, la hija de la borrachuza desesperada con su madre… Ahí tenemos las subtramas. La principal recae en María León, que resulta ser una doctora inhabilitada, cosa chivada por el cabroncete de su exmarido, que quiere llevarse a las niñas, por lo que denuncia a la susodicha y van a juicio.

Da igual lo que haga, me tiene ganado con esos ojos

Cuando una comedia en la que el guión falla, son los actores los que deben tirar de ella para que pueda funcionar. Y esta serie los tiene: ahí tenemos a Paco Tous, que no es un cualquiera, a María León, a Raúl Arévalo (su personaje, dentro de lo razonable, es de lo mejorcito que hay) y a Iñaki Miramón como los más destacados, para mi gusto. Pero aquí es imposible. Especialmente sangrante es lo del personaje de Miramón, el marido del matrimonio pijo, porque uno no puede evitar ver en ellos una suerte de Recios moderados.

A pesar de todo, la serie no cosechó malos resultados de audiencia, supongo que por la novedad. Pero no le doy ni dos meses. Si existe justicia artística, correrá el mismo destino que la casposa “Salud” (me niego a llamarla “Cheers”). Aunque, quién sabe: lo mismo dura tres o cuatro años como otros proyectos infumables tipo “Mis Adorables Vecinos”.

Momentos épicos de la historia del cine contemporáneo (IV)

De la inmortal novela de Bram Stoker se han hecho muchas versiones, para cine, teatro, musicales, series, etc. Pero, sin duda, la versión más celebre del cine, por polémica, por “libre”, por reparto… es la película de Francis Ford Coppola, con Gary Oldman haciendo la mejor interpretación de Drácula jamás hecha. Una verdadera película de amor con vampiros, sin renunciar a la auténtica naturaleza de estas criaturas de la noche. Un estupendo cuento del que podríamos destacar muchas escenas, pero la más impactante, en mi opinión, es con la que empieza, esa introducción con el origen de la maldición, la batalla con siluetas chinas, la pequeña capilla con la menstruación y el pulso dramático entre Oldman y Anthony Hopkins.

http://www.youtube.com/watch?v=XADnnRFIZ8w

http://www.youtube.com/watch?v=WL3sV71mul8

"Espera aquí, que me voy a cargar un par de turcos"

Una cuña, por los viejos tiempos

Hoy es 31 de enero (gracias, capitán obvio). Final del primer mes del año. Martes. Para mucha gente es un día normal. Para otros, sin embargo, es un día muy especial: el día de las cuñas. Los segundos sabrán por qué lo digo. Para los primeros, os saco de dudas. Hoy es el día de San Juan Bosco, aquel sacerdote turinés que fundó la congregación de los salesianos, especializados en los niños de la calle y su educación y su formación religiosa para las que fundaron miles de escuelas y hogares a lo largo y ancho de este mundo. Yo tuve la suerte de pertenecer a uno de esos colegios, el de Morón de la Frontera. Y allí, cada 31 de enero, después de la misa en honor a nuestro fundador, se repartían las deliciosas y maravillosas cuñas (ignoro si es una tradición común a todas las casas salesianas o sólo pasa en Morón).

Yo me zampaba tres o cuatro de estas

Hoy, en el punto álgido de los exámenes de la universidad, me he permitido el lujo de bajar a por un par de cuñas (ya no soy un chavalín, tengo que cuidar la línea), con la excusa de despejarme del estudio. Al primer bocado me transporté inmediatamente a esos días que tanto me gustaban, principalmente porque eran una fiesta continua sin clases que la estorbasen, con juegos, competiciones deportivas, gymkanas temáticas, concursos tipo saber y ganar, donde se enfrentaban a los más listos de las dos clases de sexto de primaria, A y B. Recuerdo que el grupo de mi clase, la A, en el que no podía faltar yo, perdió contra la B, en un atraco sin precedentes, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que el juez era el tutor de 6ºB, una suerte de villarato a nivel salesiano.

Sin embargo, lo que se llevaba la palma era el concurso de playbacks. Hoy día están muy desvirtuados, pues los niños están más pendientes de coreografías paródicas (supongo que involutariamente) de famas y programas de baile de esos, donde poder restregarse con las zagalitas que de la verdadera esencia del playback: la caracterización. Hoy se ponen cualquier trapo y empiezan a bailar canciones de reggaetonto, de Pitbull feat. su vieja y cosas por el estilo. Antes tenía más gracia: era una competición, al estilo Tu Cara Me Suena, pues los participantes tenían que elegir un artista e imitarlo. Yo participé varias veces, ganando en dos ocasiones: con cuatro años mi imitación de Alejandro Sanz provocaba los gritos alocados de las muchachas de 4º de ESO, unas mujeres jóvenes desde mi perspectiva de crío, y otra como José Luis Perales y su América.

Podría seguir con miles de anécdotas, muchas divertidas, las no protagonizadas por servidor y otras humillantes, que sí me tienen como protagonista, como mis participaciones en carreras terminando último con mucha distancia del más gordito de la clase o el cante en un karaoke, algo así como la condena de la sonoridad para muchos actores de cine mudo. Camilo Sesto no me volvió a sonar igual desde que destrocé Melina delante de todo el colegio. Pero estaríamos aquí horas y horas y horas, me dejaría muchos recuerdos de por medio, acabaría redundando en mis frases, cosa que me recuerda mi padre cada vez que tiene la oportunidad (pero es el lector más fiel, así que no me quejo y tomo nota siempre que puedo y me acuerdo), y todo para destacar una cosa: que gracias a Don Bosco, además de ser un (o intentarlo) buen cristiano y un honrado ciudadano, tengo un pasado maravilloso que recordar, grandes amigos y fructíferas experiencias que han hecho de mí lo que soy. Así pues, brindo con una cuña, por los viejos tiempos y por Juanito Bosco.

Padre, Maestro y Amigo