Raúl se fue del Schalke en una fiesta de despedida brutal, como si se fuese el mejor jugador de la historia del equipo alemán. Han retirado su dorsal, el mítico 7 que “adoptó” nada más poner su zurda en Alemania y le han declarado amor incondicional, eterno y absoluto. El “señor” Raúl marcó profundamente a la afición schalkista con su repertorio clásico de goles de pillo, los de cuchara y los de carambola, con su personalidad (esto para mí es una intriga, porque dudo que el “sí, bueno, ¿no?” sonase convincente en alemán) y se despide como un héroe.
Poco se tardó en hacer un agravio comparativo con su salida del Real Madrid, presuntamente por la puerta de atrás, sin partido homenaje, sin festejos o actos más allá de la rueda de prensa y minihomenaje ante unas 300 personas y sin la retirada del 7, que pasó a manos del portugués prepotente. Una “falta de respeto”, una muestra del señorío socavado de un club que quedó en evidencia cuando el Schalke trató a Raúl de esa manera que he señalado en el primer párrafo. Poco importó que el Madrid considerase una falta de respeto hacer un partido homenaje a un futbolista en activo, por mucha leyenda que sea, o hacer una fiesta en un año en el que el mayor triunfo fue el puntaje y evitar que el Barcelona llegase a la final de la Champions del Bernabéu una vez que Mourinho, el técnico que “echó” a Raúl, aguantase el 3-1 que le endosó su Inter. Y, mucho menos, iban a retirar el dorsal, porque si el Madrid tuviese que andar retirando dorsales cada vez que un héroe blanco se ha retirado o ha abandonado el club, los jugadores tendrían que jugar con dígitos dobles. En cualquier caso, y a pesar de las razones lógicas esgrimidas, el tema del dorsal fue el arma con la que más saña se atacó al Madrid.
Pues bien, después de que Luis Aragonés dejase de convocar a Raúl, por aquel entonces el máximo goleador de la historia de la Selección, nadie, salvo la grada del Bernabéu, exigió unos reconocimientos a su trayectoria, ni partido de despedida ni homenajes ni nada y, por supuesto, nadie pidió que el dorsal número 7 se retirase de la Selección. Es más, muchos aplaudieron la salida de Raúl por entender que su presencia resultaba perniciosa para el grupo. Y es que el Raúl de los últimos años se convirtió en un Marlon Brando, pero peor, viviendo de los últimos retazos de su talento y ejerciendo un caciquismo caricaturizado de las dotes de líder de Fernando Hierro para imponer su titularidad, tanto en la Selección como en el Madrid. Los mismos que aplaudieron su salida de la que, a la postre, sería campeona de la Eurocopa de 2008 eran los que señalaron al Madrid como un club sin alma que dejaba escapar a su jugador leyenda.
Así pues, el dorsal en la Selección lo adoptó Villa (que podría haber acabado en el Madrid de no ser por el González, cosa de la que estamos eternamente agradecidos los madridistas desde la explosión de Benzemá), vital para la consecución del segundo título europeo a nivel de selecciones, vital para alzar el primer Mundial conseguido por España y actual máximo goleador, desbancando a Raúl también en esto, por lo que era un más que digno sucesor. Pero ahora Villa no está, y el 7 lo llevará un jugador que no ha destacado con su club esta temporada, que no ha destacado en la Selección, salvo un partido contra Alemania (y un partido decisivo y varios normalitos no te hacen un gran jugador), pero es canterano de la Masía, que es la que, presuntamente, ha posibilitado que España esté donde está: Pedrito. Todo esto se podría haber evitado si la FEF hubiese tenido el señorío suficiente de retirar el 7, pero se ve que la Selección es sagrada y nadie puede osar tocarla.